sábado, 10 de enero de 2015

Carta abierta a Pablo Neruda (y a cada Autor de algo!)



Querido Pablo: 

Necesito pedirte perdón, y también solicitarte un favor. 


Perdón porque se haya armado este lío: hace unos años escribí el poema que te copio abajo, y contra margen derecho anoté, -como cita-, solamente un verso tuyo que decía "Pido permiso para nacer". Pero alguien alguna vez le quitó esa cita y puso tu nombre al pie, en vez del mío. Así, el poema empezó a rodar con tu apellido, querido Pablo, pero no ha sido mi intención; jamás te endosaría mi propio renacimiento (que es de lo que habla el poema), porque para eso ya tienes el tuyo: acontece cada vez que alguien te lee. 


"La poesía no es del que la escribe, sino de aquél que la necesita", dice Scármeta en boca del Cartero, -aquél de esa maravillosa película en el que eres, Pablo, uno de los protagonistas-. Y es verdad! Pero, como en tantos asuntos entrañables, también lo contrario es cierto: que cada poema es hijo de quien lo escribe, y cada verso pide que su autor le dé el propio apellido. Te cuento que aveces veo, querido Pablo, poemas magníficos que circulan hoy por lo que se llama "internet" (te encantaría esa cosa que entreteje a todos con todos!); poemas rozagantes, de palabras justas, de ritmo bamboleante, dando un tajo en la conciencia.. pero a los que su autor apenas si les consigna, pudorosamente, su nombre de pila, sin su apellido... o inclusive solamente sus escuetas iniciales! Y me apena, Pablo, tanto como ver esos hijos talentosos de los que sus padres se avergüenzan por su originalidad. 


Y aquí va el favor que te pido, mi querido Capitán: tú que firmaste cada palabra (y con ello hasta tomaste riesgo de vida)... anda, hazte esta picardía: llégate hasta el oído de esos poetas autoanominados, e inspírales con tu valentía. Susúrrales: "Ese poema es de tu sangre: rubrícalo con ella!". Hazles cosquillas en el pudor, ponles una mano en el hombro, y sóplales, como en la película: "Has creado una metáfora. Dila en voz alta con tu nombre!". Porque cada obra, en cada área de la vida (noble o insignificante, sublime o rústica, provocativa o mansa, sea un poema, una canción o un decreto) requiere de un autor que se haga cargo de haberla parido. "Autor", sí, viene de "auto": "por sí mismo". Y es que somos autores de nuestra vida. (Pero mira a quién se lo digo!... Si a tu auto-biografía le llamaste "Confieso que he vivido!" Siendo autor de tu vida, te autor-izaste a Ser.)


He estado pensando que nuestros poemas, o cada obra que damos a luz, son el jugo último de lo que creamos con nuestro tiempo: la vida es como una fruta que concentra sus zumos en lo que hacemos. Si alguien me exprimiera, de mí, -como de ti y de cada uno-, saldría un poema con mi textura, mi sabor y mi olor. Es un imperativo moral que le ponga mi nombre, como tú, querido Pablo, lo has hecho. Y así cada uno que obre en la vida: ponerle la rúbrica a lo que hacemos significa: "El responsable soy Yo". Verdad que no es un asunto del ego? Es un asunto del espíritu, responsable de su progenie invisible: simple obrero de la vida, que obra. Y ningún espíritu vino a este mundo a ser tibio como para autoanonimarse!


Te dejo, querido Pablo, no sin antes darte las gracias por  cada obra tuya (nunca anónima, aunque eso te valiera el exilio, la crítica de tus semejantes, y algo no menos difícil de sobrellevar con sobriedad: su admiración). Acompañaste a los más solos. Y lo sigues haciendo, querido Pablo, en los salitrales de la vida. (Quiero que lo sepas: estamos tan solos como entonces, y como entonces, tan acompañados por ti.)


Que cada autor se haga cargo de su obra, con nombre y apellido. Retiro el tuyo de estos versos, tejidos con las espirales de mis genes. 


Te abrazo siempre: Virginia Gawel


RENACIMIENTO


Hoy volveré a nacer: pido permiso.

Permiso útero, permiso cordón prieto.
Permiso agua, placenta, oscuridades.
No podrá retenerme la tibieza
plácida y calma del vientre cobijante.
No podrán disuadirme las presiones
de este túnel de carne que hoy me puja.

Con decisión inequívoca y sagrada

determino nacer: me doy permiso.
Y aquí estoy, desnudo de corazas,
dispuesto a recibir besos y abrazos
(no la palmada que provoque el grito:
ya no permitiré que me golpeen).

Parteros de quien vengo renaciendo,

miren quién soy: soy digno. Los recibo.
Miren quién soy: adultamente niño.
Miren quién soy: vengo a ofrecer mi entrega.
Miren quién soy: apenas si respiro,
pero, de pie, me yergo y me estremezco,
dándome a luz en mi realumbramiento.

Tengo coraje para empezar de nuevo:

fortalecido en mis fragilidades
lloro de dicha, de dolor… Lloro de parto.
Lloro disculpas a quienes no me amaron,
por el maltrato, el frío, el abandono:
lloro la herida de todo lo llorable.
Y lloro de ternura y de alegría
por tanto recibido y encontrado:
lloro las gracias por el amor nutricio,
por la bondad de los que me ampararon.

Lloro de luz, y lloro de Belleza

por poder llorar: lloro gozoso.

Bienvenida es vuestra bienvenida.

Sin más queja, dolido y reparado
por la caricia de este útero abrazante,
aquí estoy: recíbanme. Soy digno.

Me perdono y perdono a quien me hiriera.

Vengo a darles y a darme íntimamente
una nueva ocasión de parimiento
a la vida que siempre mereciera.
Me la ofrezco y la tomo. Me redimo.
Con permiso o sin él, YO me lo otorgo:
me doy permiso para sentirme digno,
sin más autoridad que mi Conciencia.


Bendito sea este Renacimiento.

Virginia Gawel

P/D: Me encanta esa foto en la que estás con un pájaro sobre tu cabeza. (Tan niño te vez en ella!) Me recuerda ese poema tuyo que rubricaste desde su primer verso: "Me llamo Pájaro Pablo, /ave de una sola pluma". Te quiero.

3 comentarios:

  1. Gracias Virginia ! sigo acompañada por tus reflexiones mientras transito la senda del día a día...
    aquí, encuentro que parirse a uno mismo, es tomar conciencia de la responsabilidad que conlleva el Vivir estando Vivos...
    un abrazo tan cálido como tu misma.
    Mirtha Alma Cabeza Llambi

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    1. Muchas gracias por tu valoración,Mirtha! Va mi abrazo contigo.

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  2. ¡Muchas gracias Virgi! Justamente, como siempre sincrónico, estoy observando mi pudor de firmar mis escritos. Y me dejaste algo para reflexionar: la importancia de hacerme responsable de aquéllo que brota de mí. ¡Un abrazo amorosísimo como vos!

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